El camino inicia en mí.
Un tránsito sagrado de autoconocimiento, de escucha profunda y de sanación.
Dejar atrás lo que nunca fui para habitarme en esencia, desnuda de todo artificio, con la verdad latiendo en mis entrañas.
Desde la infancia, la vida me fue templando en el fuego del dolor. Traumas, sombras y pruebas me empujaban a elegir en cada encrucijada: ¿hacia dónde posar la mirada? Pero ciega por el sufrimiento, me hundí en la noche más oscura del alma. Perdí el recuerdo de tantos años de lucha, hasta que desperté en el fondo de un abismo. Un pozo de drama y olvido, donde el ego y sus máscaras me aprisionaban, heredera de lo no sanado, eco de memorias ancestrales que clamaban por redención.
No todos tocan fondo, ni todos necesitan el abismo para hallar la luz.
En mi caso, fue necesario.
Tocar fondo no fue el fin, sino el umbral de un nuevo inicio. La muerte nunca significó un final, sino la llama que lo purifica todo. Y así, morí. Entregué al fuego lo que no me pertenecía, me vacié hasta no reconocerme. Y jamás volví a ser la misma.
Fue entonces cuando comenzó la verdadera búsqueda.
La sanación.
Sin huidas, sin disfraces.
Mirándome fijamente, descendí hasta la raíz de mi ser, abrazando con amor cada herida. Allí, en la profundidad de mi sombra, encontré la pureza intacta que siempre había sido mía.
Desde ese espacio, tejí de nuevo mi vida.
Reconstruí mis vínculos, mi propósito, mi existencia. Lo hice con la misma devoción con la que había restaurado mi templo interno, para que lo externo reflejara la verdad de mi alma. Y cuando por fin pude sentir lo esencial, la belleza, el perdón, la sanación… dejé de juzgarme y de juzgar al mundo. En ese instante, comprendí que la separación era solo una ilusión.
Me volví tejedora de la gran red, sosteniendo el hilo invisible que nos une a todos.
Todo dejó de ser creencia y se convirtió en certeza.
Grandes maestros me acompañaron en este viaje, reflejos de lo que soy, y yo reflejo de lo que ellos son. En cada encuentro, la vida afinaba el sonido del reencuentro. Así, guiada por la fe en mí y el amor incondicional al ser, abracé la maestría que ya habitaba en mí.
Mi cuerpo me hablaba.
Mis memorias susurraban.
Traía conmigo la primera luz: la inocencia del alma libre de culpa, lista para anclarla y expandirla en la Tierra.
Soy todo y soy nada.
Un destello en la vastedad

Un fragmento de 2:22, el instante donde todo se reveló, donde comprendí que el único camino era el amor.
El perdón, la desidentificación, el enfrentarme a mi ego y abrazar la sombra fueron las llaves que me devolvieron a mi hogar interior.
Me negué a mirar donde debía.
Pero hoy estoy aquí.
Miré.
Libre.
Plena.
Amante de la vida.
Aprendiz eterna de la gracia y la belleza.
Habitando la pureza del corazón.
Honrando cada acontecimiento con amor incondicional.
Poniéndome al servicio de ser y regresar a ese lugar sagrado donde una vez ya estuve.
En este viaje sin final, sigo tejiendo la esencia, sosteniendo el propósito, ofreciendo los dones que son de todos. Solo soy un canal, una chispa que ilumina el camino para quien sienta el llamado de la sanación y el reencuentro.
Aquí, donde el tiempo se disuelve y la perfección de la vida se revela en su inmensidad, dejo todo al servicio de la sanación y el bienestar profundo.
Soy un puente.
Un manifestador.
Un eco de la sabiduría ancestral que nos habita.
No estoy aquí para diagnosticar ni para juzgar.
Este no es el espacio de lo socialmente establecido.
Este es un santuario para el alma, donde simplemente se es, sin límites, sin miedos.
Aquí vienes a habitarte, a derribar lo que no eres, a recordar tu esencia.
A volver a ser el diamante que siempre fuiste.
Y a brillar.
